Ella no parecía una de esas chicas que dejaron todo para apoyar al marido y seguirlo por el mundo sino todo lo contrario, antes de conocer el secreto, hubiéramos apostado plata que era él quien la seguía a ella.
No es que él no tuviera carácter, pero verlos a los dos juntos daba esa sensación. El con sus 120 kilos era un tipo callado, que fumaba en silencio. Ella flaquisima y rubia, fumaba siguiendole el ritmo. De no haberlos escuchado hablar hubieramos jurado que era lo único que tenian en común.
Tenía la voz ronca, como de mujer que canta tango y nunca le vimos una sonrisa. No sabíamos si había algo que la hiciera reir alguna vez, pero sospechábamos que era amante del humor negro y se reía a carcajadas con una pelicula de terror. No se, capaz no.
Con nosotros no hizo muchas migas, creo que la envidiabamos un poco porque siempre nos contaba que se levantaba tarde, y que tono de color de uñas estaba de moda. Por esos días nos gustaba juntarnos a comer y charlar de política y como sabíamos que el gordo era derechista preferíamos que viniera con ella porque así se quedaba en silencio.
Cuando entramos un poco en confianza, ella nos dijo que era menemista, y a mi casi se me cae el plato con las empanadas. Creo que hubo un silencio incómodo pero no lo se porque yo me quede completamente desconcertada. Pensé que era conchuda, no tonta.
Y digo tonta no porque sea menemista, porque podía serlo, capaz ella en el uno a uno había podido ir a Miami, y comprarse cosas importadas, no se, pero tan tonta como para decirlo? Decirlo adelante de nosotros que siempre estábamos enroscados discutiendo ideas zurditas y hablando de ir a cuba? Tan tonta no.
Desde ese día les empecé a prestar más atención y descubrí algo clave. Ella no le elegía la ropa. Ella no le decía que ponerse. La posta me la cantaron los zapatos. Él usaba unos zapatos negros que ninguna mujer en su sano juicio le dejaría usar a su marido. Aparte, nunca jamas lo vi usar jeans, siempre pantalones negros, como si aun le quedara viva una rebeldía adolescente. Medio metalero el gordo. Era evidente que él se vestía sin consultarla y se ponía lo que quería, eso era muy raro.
Para colmo, no se perdían ni una de todas las salidas grupales, así que yo tenia material para mi análisis en abundancia. Ella llegaba seria, traia algo comprado para el postre, y el gordo pasaba al living y se servia un trago. Ella tomaba vino, tinto, y rara vez comía. Se quedaban casi siempre en silencio y nunca entendimos porque seguían viniendo.
El día que entendí todo fue cuando entre a la cocina y ella explicaba: el secreto para cocinar una salchicha es poner el fuego lento, que el agua nunca llegue a hervir.
Ahí lo supe, confirmadísimo. Seguían viniendo porque con nosotros era el único lugar en donde ella se sentía una mujer moderna, fumadora e intelectual.